EL TRABAJO
Por: Eduardo J. Rincón Vanegas
A los compañeros de ayer que con quijotesca tozudez, mantienen vivo el espíritu Biffeño que inculcaron los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
De forma genérica puede entenderse el trabajo, como una actividad que encierra una contribución positiva a la sociedad en que nos desenvolvemos y que generalmente se constituye en fuente de ingresos para la sustentación de la familia.
Nicolás Grimaldi, catedrático emérito de Filosofía en La Sorbona (París), argumenta que no hay que confundir Trabajo con Empleo, pues “Muchos trabajos se acometen independientemente de cualquier empleo, del mismo modo que hay muchos empleos que no corresponden a ningún trabajo real…que exigen realmente una presencia, pero no entrañan un cambio, ni suponen competencia ni esfuerzo.”
Con el paso de los años, se ha empleado el término “profesión” a aquellas prácticas que implican un factor preferentemente intelectual, y “oficio” si entrañan un mayor índice de acciones manuales. Para Grimaldi, “cada oficio abre un mundo donde está íntimamente relacionado, donde la parte más pequeña expresa el todo y donde el todo se realiza en cada parte. Tener un oficio es, pues, ser el hombre de un oficio. Ser el hombre de un oficio es pertenecer a un mundo ordenado, inteligible, previsible, racional…, mientras se trate de un oficio, todo allí es justicia; nada se obtiene más que en la medida en que se ha hecho, y nada se hace, sino según lo que se conoce: saber y saber hacer”.
El trabajo no puede desarrollarse de forma que se de un predominio de las cosas sobre las personas, del trabajo objetivo sobre el trabajo subjetivo. Mencionando las categorías sociales empleadas por Juan Pablo II: “Ha de encontrarse la manera de que el hombre se desarrolle a sí mismo y desarrolle a los demás al ocuparse de elaborar productos o prestar servicios. Este desarrollo del hombre, considerado integralmente, es sin duda alguna, aunque parezca en principio extraño, un objeto de apostolado”.
Que el trabajo es la mejor terapia para el egoísmo, se ha dicho. Fritz Schumacher, profesor que fue de economía en la Columbia University de Nueva Cork, en su libro “Good Work”, afirmó que la función del trabajo es simple posibilidad de desarrollar facultades, de producir bienes y servicios necesarios para una vida digna. Agreguémosle, es una eficaz herramienta para lograr el fin último de la existencia terrenal cumpliendo con los deberes ordinarios en un mundo azotado, en palabras de Benedicto XVI, por la dictadura de un relativismo fuertemente arraigado en la mentalidad actual, postura cultural que afirma no existe una verdad absoluta válida para todos los seres humanos. No existe la verdad definitiva sobre el hombre, sino que el hombre es lo que cada uno opina, aquí y ahora, sofisma que sustenta que la verdad se construye en cada época de la historia.
Hace muchos años cuando estudiábamos en el colegio Biffi, nos enseñaron que “homo nascitur ad laborem, et avis ad volatum (Job 5,7): Nace el hombre para el trabajo y el ave para volar”. Un trabajo profesional bien hecho, colabora positivamente al crecimiento y progreso no sólo de la vida material, sino y he aquí lo más importante, de la vida espiritual, puesto que se constituye, sin lugar a dudas, en medio insustituible para el desarrollo de las virtudes naturales, cimiento y base de las sobrenaturales.