DISCURSO PRONUNCIADO CON OCASIÓN DE LA CELEBRACIÓN DE LOS 50 AÑOS DEL GRADO DE BACHILLERATO EN EL COLEGIO BIFFI DE BARRANQUILLA
Reverendo hermano Rector, señor Presidente, señor Secretario General de Asobiffi y demás miembros de la mesa directiva, exalumnos de las diferentes promociones y demás asistentes, queridos compañeros:
La memoria parece no ser capaz de guardar en ella cada momento. La angustia del olvido nos hace atrapar instantes de tiempo en palabras o imágenes. Nuestro deseo constante de retener en la mente lo que parece desdibujarse cuando pasa el tiempo siempre está presente y tal vez todo sea porque el recuerdo puede hacer que en el presente una sonrisa se dibuje en nuestro rostro, que una lágrima invada nuestros ojos, que la emoción nos estremezca nuevamente y finalmente que vibre la conciencia de nuestra historia. Así, aunque vivimos atrapados en un momento, no somos simplemente el ahora. Somos tiempo, somos obra, somos una colección de sucesos que no nos permite ignorar lo pasado…; así hoy, ante esa voz que resuena en nuestra mente recordándonos la culminación de una trascendental etapa de la vida, respondemos diciéndole lo importante que fue y el significado que tuvo.
En un evento como estos es prácticamente imposible dejar de evocar al pasado. ¿Cómo no recordar al colegio formado todo en el patio para entrar a clase, en perfecto orden y en absoluto silencio al sonar un estridente pito después de la última campanada, y sobretodo a quien tocaba el pito, Máximo, la Pantera Negra, y el temor, más bien terror, de que en un abrir y cerrar de ojos, por cualquier falta disciplinaria, acabara con nuestra tarjeta de bonos? ¿O al sistema de puntos, que en la primaria se llevaba con aviones o barcos en pitas alrededor del salón, y los boletines semanales, que entre otras cosas indicaban el puesto obtenido en clase según los puntos acumulados?
¿Cómo no evocar a Toño, su laboratorio de Química y su pasión por el Real Madrid? ¿O a Pablo con sus gruesísimos lentes que nos hacían creer que no veía nada y a Gaspar enseñándonos Física comparando las reacciones eléctricas con niñitos malcriados contradiciendo a sus mamás? ¿O a Joselito, tan bonachón y bondadoso que era incapaz de imaginarse que algún alumno pudiera cometer adrede ninguna travesura? ¿O a Atanasio, mejor conocido como Fifí y su peinado con capul triangular pegado a la frente como lamido de vaca, y a Ignacio, es decir Michín? ¿O a Florencio y las clases de Religión en las cuales había que recitar al pie de la letra, con puntos y comas, lo que decía el Catecismo Astete? ¿O a Gaudicio, Pata de Bomba, a Ildefonso, y al Rector Feliciano, es decir Chacha, quien fue relevado después por Gerardo? ¿O a Aester, el hermano abuelito, que nos regalaba icacos en los recreos y que para nuestro pesar murió en un accidente de avión en el océano Atlántico? ¿O al Profesor Martínez y el regaño que recibió del cura en misa por tocar una canción profana, Amapola? ¿O al profesor Rueda con su potente pito y sus clases de Educación Física en ese delicioso espacio que nos encantaba en los dos recreos por la mañana y uno en la tarde, cada uno de 15 minutos?
¿Cómo no recordar los partidos de béisbol y de fútbol para los cuales nos quedábamos después de clase? ¿O las sesiones solemnes y los espectáculos que preparábamos con enormes esfuerzos, y sobretodo a la sesión solemne de grado con smoking blanco tropical, precisamente hace 50 años, creo que en el teatro Metro? ¿O las preparaciones para las primeras comuniones? ¿O las confesiones los miércoles por la tarde en preparación para la misa de los jueves, a las cuales íbamos más que todo para escapar la clase de religión, y en las cuales se formaban largas filas frente al confesionario de un cura que se decía era medio sordo y que comenzaba a dar la absolución antes de que uno terminara de recitar los pecados? ¿O las tardes libres que teníamos los jueves pero que implicaban ir a clase los sábados por la mañana y por la tarde? ¿O el deseo de que llegaran los primeros viernes del mes, porque había solamente misa y el resto del día lo teníamos libre? ¿O las tareas de vacaciones que hacíamos sólo para ganarnos un premio al final del año? }
¿O el dinero que nos pedían para las misiones y para lo que agradecíamos tener algunos compañeros ricos en clase, porque al llegar a ciertos montos nos ganábamos una tarde en el campo Biffi donde está hoy el colegio, o mejor aún de un paseo todo un día a Cartagena, en el cual más de uno, a escondidas de Toño, tomamos nuestros primeros tragos lo que causó gran revuelo entre nuestros padres? ¿O las imponentes misas dominicales, cantadas en latín con el oficiante mirando de frente, que duraban hora y media, a las cuales teníamos que ir con vestido de paño grueso azul oscuro y corbata, y en las cuales más de uno se desmayaba por el calor y por el ayuno que se exigía entonces para comulgar?
¿O los desayunos que nos regalaban el jueves a los que comulgábamos ese día? ¿O el juramento semanal a la bandera frente al colegio en pleno formado en el patio central? ¿O los desfiles por la ciudad y la formidable banda del colegio que rivalizaba encarnizadamente con la del San José? ¿O la flota de 7 buses verdes, Patro y los demás choferes, en especial los buses White número 1 y 2, que eran orgullo del colegio, pero que eran insuficientes por el elevado número de alumnos, lo que implicaba doble viaje de cada uno y por lo tanto esperas largas en el patio para los que pertenecíamos al segundo viaje? ¿O el Biffeño, publicación que era del colegio pero que estaba totalmente a cargo de los estudiantes?
¿Cómo no evocar a Dionisio Ibáñez entrando tarde al patio central del colegio en un coche y, diciendo en voz alta: “deténgase auriga”, cuando salió el prefecto, Ildefonso, a colgarse de las riendas del caballo? ¿Y, sobretodo, a ustedes, todos mis demás compañeros de clase, a quienes constantemente recuerdo con mucha alegría y complacencia?
No obstante, no quiero que la nostalgia nos lleve al sentimiento de querer retroceder, de volver al pasado para estar ahí. Esto implicaría haber dejado de vivir y poder compartir esos 50 años de vida que hoy nos traen a este punto, y a este lugar. Vemos que en un abrir y cerrar de ojos la vida ha ido pasando, y que debamos mirar hacia atrás para comprender algo del sentido de aquella frase que pocos cuando jóvenes entendíamos… esa frase que de pronto el abuelo o la tía pronunciaba con mucha seguridad y que para la mirada de un joven era vacía y absurda. ¿Cuántas veces no nos dijeron? Recordar es Vivir. Y como jóvenes sólo pensábamos que vivir era vivir, estar en el presente, siendo eternos e inmunes al paso del tiempo y a cualquier peligro o adversidad.
Es contradictorio que se deteriore el cuerpo mientras se enriquece el alma; que el cuerpo envejezca, mientras el alma renace cada vez más llena de experiencias de vida. El espejo hoy nos muestra otro rostro, y aunque no tenemos la posibilidad de ver hacia adentro, es evidente que nuestro ser también ha cambiado. Pero hay algo que mantiene todavía la chispa de la vida y eso son nuestros sueños. Porque todavía hoy seguimos soñando…
Después de un largo recorrido, después de tantos caminos que pudo tomar la vida, de tantas personas, de tantas experiencias, hoy me alegra coincidir con aquellos con los que hace más de cincuenta años empecé a soñar que quería vivir, ser libre, ser feliz y ser alguien. Hoy todos somos algo y muchos logros hemos tenido. Hoy muchos nos aman, hoy ya hemos dado mucho de nuestra vida y marcado otras. Pero sobre todo hoy ya hemos dejado una huella en la historia.
Hoy puedo decir que vivo recordando, y que mis sueños me permitieron emprender un vuelo que me ha llevado al lugar en que hoy me encuentro: con una excelente mujer a mi lado a la que adoro, con cuatro hijas, tres de mi primera unión y una de mi actual esposa, dos yernos y tres nietos, a los que amo, con una exitosa carrera profesional y con los demás seres que me aman y son felices en parte gracias a mí. Lo más importante, es que hoy comprendo que lo fundamental no es que mis sueños se hayan cumplido. Lo que más agradezco fueron esos seres y situaciones que me ayudaron a despegar y emprender el vuelo de la vida, así como el camino recorrido para hoy poder decir que me siento realizado y feliz.
El camino ciertamente no fue siempre feliz; encontré dolor, obstáculos, traiciones, desengaños… y a veces me sentí desfallecer por lo que agradezco haber tenido las bases que me dio una excelente formación para sobreponerme y encontrar la fuerza para pararme y seguir adelante. Hoy comprendo que hay muchos nacimientos y muertes dentro de la misma vida. Con cada cambio y cada despertar que la vida nos propone podemos renovarnos y tener una oportunidad más para aprender y para seguir construyéndonos. He aprendido que no es el punto de llegada lo que más importa, porque lo que nos hace personas sabias y llenas de aprendizajes de vida es el camino: un camino lleno de luchas y perseverancia.
Recuerdo con cariño la ingenuidad hace unos 50 años cuando yo me sentía feliz en mi graduación por lo mucho que había aprendido de Física, Geometría, Trigonometría e Historia. Me sentía así preparado para conquistar la vida. Sin embargo, ¿de qué sirve tener una fila de conocimientos desde la Filosofía hasta la Química, si no hay un profundo conocimiento sobre nosotros mismos? Más que de números, y de excelentes marcas, el mundo necesita de buenas personas, con carácter, con personalidad que tengan calidad para ofrecerle a su sociedad. No se trata entonces de tener mucha información. Se trata de tener mucha formación. Y eso es lo que yo hoy quiero resaltar y agradecer a este colegio del que siempre nos hemos sentido orgullosos.
Desde luego, estoy convencido de que la formación académica fue impecable. Estoy seguro de que ustedes coinciden conmigo en eso. Pero mejor aún fue la formación como personas. Nos enseñaron a ganarnos las cosas luchando, a no desfallecer, a tener toda la fuerza humana y el tesón inquebrantable necesarios para enfrentar la vida cuando esta pudiese doler o tornarse difícil. En el colegio Biffi nos enseñaron a respetar, a amar y a soñar. Un rasgo distintivo de la formación lasallista que recibimos fue la relación pedagógica de calidad entre profesores y estudiantes, llena de interacciones en un marco de diálogo respetuoso y de honestidad para la confrontación de ideas, la búsqueda de la verdad y el compromiso social, todo lo cual nos dio la capacidad para evolucionar y anticiparnos, con disciplina, a la solución y prevención de los problemas del mañana, propios, familiares, y de la sociedad que nos rodea.
En palabras de Hermann Hesse “No soy una persona que sabe. He sido una persona que busca y lo soy aún, pero no busco ya en las estrellas ni en los libros, comienzo a escuchar las enseñanzas que el pasado murmura en mí”. Tal vez no para todos significo lo mismo; seguramente ese pasado, presente siempre en los recuerdos le dice a cada uno algo diferente, pero hoy que recordamos nos queda una cosa en común y es ese espacio en el que se hizo posible nuestra vida y entrecruzó nuestras existencias para marcar la memoria...; tal vez a través de ésta logremos transformar la ausencia que hoy nos llena de nostalgia para identificarla como constante presencia.
Gracias a todos ustedes por haberse involucrado en ese sueño de vida que hoy palpita en nuestra memoria y hace vibrar nuestro corazón.
PEDRO P. POLO VERANO,
Barranquilla, 16 de noviembre de 2007