lunes, 06 de febrero de 2012

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Del Mayor General Juan Salcedo Lora - LA VERDAD DE MI BIFFI
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Location: Blogs3. Biffeños escriben    
Posted by: Coordinador Blog03 04/10/2007 06:18 a.m.

  Apreciado Eduardo (Rincón): 

Con mucho gusto hago caso de tu inquietud, con respecto a mi pertenencia a Asobiffi, capítulo Bogotá. Son esas cosas que el destino maneja sin que los actores, pobres títeres, hagamos nada por enderezar o por evitar, simplemente suceden y deben recibirse sin hacer resistencia, disfrutarlas porque a lo mejor no vuelven y finalmente, el hacer amigos es la cosa más deliciosa del mundo. Más, si se lo entregan en un paquete compacto, como dicen ahora llave en mano. No creo que pueda o deba arrepentirme, al contrario siempre estaré agradecido de que me hubieran acogido.
 
Por allá a finales de la década del cuarenta, llegó a Barranquilla la familia Salcedo Lora. Coralibes nos decían porque golpeábamos el idioma, se nos aislaba, porque los corronchos no tenían sitio en el mundo que se respiraba en la arenosa. No era tanto así, como lo aprecié en un principio, todo tardó lo que tarda un pelao nuevo en la majestuosa Barranquilla en hacer uno o dos amigos, y yo los hice, desapareciendo por ensalmo la sensación de aislamiento. Como llegamos en chiva, lenta y programada cada madrugada, pues llegamos tarde a todo y los viejos no encontraron colegio para ubicar a la pelaera que aumentaba cada año o año y medio. Fuimos trece.  
 
A mí, me tocó asilarme en Las Delicias, donde en ese entonces terminaba la 72, en la Escuela Normal para Varones, regentada por un cachaco amigo de mi papá, Licenciado Cortés, un pionero de esos que entrega su vida enseñando a la gente, a ser gente.
 
Allá me di cuenta que tenían razón en llamarme coralibe, que era un término peyorativo, aunque si hubiera tenido internet, me hubiera sentido orgulloso de ser un árbol gigantesco, de recia madera, que crece en toda latinoamérica y que en Colombia, Cartagena propiamente, ha dado motivo para ser estudiado en universidades y centro de investigación pues la corteza del tallo de esa rara especie Tabebuia coralibe, una vez analizada, se logró el aislamiento de compuestos de naturaleza furanonaftoquinónica, a los que posteriormente se les evaluó su actividad frente a bacterias grampositivas y gramnegativas y frente a hongos dermatofitos y fitopatógenos.
 
Tampoco lo supe en ese entonces que existían otros sinónimos que saca a colación Nicolás Contreras Hernández mientras exaltaba los valores que se encuentran en el ritmo de la champeta o terapia cuando le tocara el turno los ritmos  “malos, viciosos y violentos” y cita al investigador Enrique Luis Muñoz, quién dice que en los ambientes salseros de Cartagena, ya se empleaba la expresión champetuo fuera del contexto culinario, para designar a la persona problemática y de modales rústicos: esto es, como sinónimo de feo y “coralibe” o “coralón”[2].
 
En fin allá estaba yo tratando de dejar de ser coralibe y tratando de entender a esos pelaos de Barranquilla que hablaban a unas velocidades vertiginosas y con una cantidad de modismos desconocidos para un corroncho sanjacintero. Pero todo pasó, mientras veía entrenar en el campo de fútbol a Antonio Julio de la Hoz, rivalizando con el Dr. Heleno d´Freitas, Tim, Norival y otros brasileros que el Junior había traído para pelear con los Millonarios de Pedernera, D´Stéfano y Rossi.
 
¡Que experiencias tan agradables! Todo se unía magistralmente con el Cañón Verde, el Edificio Palma en un extremo del Paseo de Bolívar y en el otro El Nacional del viejo Devis, la estatua del prócer, con los carros en doble fila parqueados en la mitad y el Negro Adán voceando el último quintico de la del Atlántico. San Nicolás de Tolentino peleando por la paternidad de ser el santo de Barranquilla con San Roque, ya patrocinado por el padre Matutis. ¡Que tiempos aquellos! ¡Que felicidad tan grande vivir y ser parte de la arenosa, de aquellos tiempos!
 
Pero el tiempo pasa y los impactos también. Aterricé en el San José de la Calle San Juan, por que entre otras cosas nos quedaba más cerca para quienes vivíamos en la calle San Blas entre Igualdad y San Roque. Bella época al lado de Filiberto Mancini, los Diago Alvaro y Santiago, el Gordo Hulse, Jácome, los Roca Baena, Rebolledo, y la inolvidable figura del Hermano Moncho Sagastume, a quién tuve la oportunidad de encontrar, ya cercano a los noventa años de edad, en mi retorno a Barranquilla como flamante General Comandante de la Segunda Brigada.
 
Pero también pasó esa era y las cosas se apretaron para la familia creciente, así que me buscaron el CODEBA, para continuar estudiando a menor costo en tanto los otros Salceditos se acomodaban en escuelas y colegios del vecindario de muy buena calida.   
 
Pero,.... ¿Dónde diablos aparece el Biffi? – Muchas tardes salíamos los chicos malos del Colegio de Barranquilla a hacer de las nuestras, no había entidad, persona, actitud, cultura, fenómeno social, autoridad o evento que recibiera el respeto del Loco Solano, Juliao, Juan Salcedo y demás miembros de la patota cuando caminábamos sin rumbo fijo. Se inauguró el famoso Almacén Sears Roebuck of Colombia en la calle Caracas y ese evento era imperdible. Allá llegamos y con justa razón el, portero, que ya tenía problemas conteniendo la curiosa avidez de los curramberos, trató de insinuar que no entraríamos. ¡Cómo se notaba que no sabía con quién trataba! – Antes que se diera cuenta ya se habían colado la mitad del curso Tercero E del Codeba.   
 
Con esa descripción, no es difícil imaginar que rozaríamos, tarde o temprano con el Biffi, ya lo veníamos haciendo en los partidos de fútbol, baseball o básquet en el Romelio, Tomás Arrieta o el Tomás Sury Salcedo, pero nadie se metía con la sede sagrada del Biffi, ya pintaba esa sede como monumento histórico y la mayor parte de nosotros teníamos hermanos, primos y muchos amigos allí estudiando en medio del recogimiento y el orden que en el CODEBA eran materia de prohibida ejecución. De mi parte estaban allí Ramiro, el catcher de la novena y portero del equipo de water polo del Atlántico al lado de los Rinkel, también estaba el primo Raimundo.
 
Casi por casualidad alguien pegó unas palmadas en el portón inmenso, color verde, por donde salían y entraban los buses, puertas como de lámina, sonoras, provocativas. ¡Quién dijo miedo! Salió el hermano Genaro y nos regañó. Se ganó la lotería. Cada vez, a partir de ese instante, cuando pasábamos por esa puerta, chaplandán, ladrillo corrido y el Hermano Genaro vociferando en un ininteligible atropello de español y costeño, vara en mano pero incapaz de alcanzar a nadie de los veloces y atrevidos perturbadores.
 
Un año después dejé Barranquilla. Después de una tarde de fútbol, pues ya lo había aprendido a jugar, en reemplazo del baseball de mi niñez, llegué a la casa en la Avenida Colombia, diagonal a Bellas Artes, al lado de los Roca Niz, y encontré un militar, con uniforme y todo que se estaba tomando unos whiskies con mi papá y un amigo de él. ¡Allí torció la puerca el rabo! – “Mire General Polanía Puyo, este es mi hijo Juan” – y el otro sapo exclamó “Preciso para la Escuela Militar de Cadetes, mire la talla”. Un mes y medio después llegó el marconigrama de ese centro de formación militar diciendo que había sido aceptada mi solicitud de ingreso. ¡Tronco de sorpresa!- No tenía la más mínima idea de que se hubiera hecho una solicitud para irme a la nevera a estudiar y menos milicia, si jamás en la vida, antes de esa ocasión en mi casa, había visto o hablado con un hombre uniformado. Creo que allí estaba cocinándose un deseo del Hermano Genaro. El martes de carnaval de 1955, estaba montado en un DC3 de Lansa, mirando por la ventana a Colombia, tarareando con tremenda nostalgia “Yo te amé con gran delirio y pasión desenfrenada...”. Volvía en cada vacación, cortas, muy cortas a repartir el tiempo entre la arenosa y mi corralito de palo sanjacintero. Recién casado y de incógnito, como Jefe de la Red  de Inteligencia del Ejército regresé a buscar las raíces del EPL en Córdoba y los nacederos del ELN en la Universidad del Atlántico. Un año después me elevaría a las cumbres perpetuas del frío bogotano.
 
¡1988 Comandante de la Segunda Brigada! Muchas cosas por hacer, entre ellas recoger las viejas amistades dispersas en la gran urbe bullanguera. Casi nadie me identificaba con el que tiraba piedras a los portones verdes o tomaba guarapo sentado en el andén en los alrededores del Tomás Arrieta o el Romelio, o el que entraba a esos estadios por cinco chivos colgado de una cuerda que alguien tiraba del borde altísimo de la pared del estadio. Uno de esos amigos Gustavo Puccini me conectó con las directivas del Biffi, necesitaban mi ayuda y lógicamente que la presté y cómo. Fueron 1.111 días de permanencia en el cargo, dedicados a servir a mi costa en su paz y tranquilidad, incluyendo las propiedades de la Comunidad en la Sierra nevada de Santa Marta, amenazada por el Noveno Frente de las Farc.   Pero todo termina y también mi comisión en la Segunda Brigada. Muchas fueron las despedidas y reconocimientos y entre ellos debo destacar el homenaje con entrega de recordatorio biffeño por los servicios prestados. Se había cumplido otro de los deseos del Hermano Genaro.
 
A principios de la década de los noventa, con el grado de Mayor General del Ejército de Colombia y en un alto cargo en la cúpula militar recibí de Luis Alberto González Sánchez, uno de mis alumnos del Curso Integral de la Defensa Nacional de 1992 (CIDENAL), cuando fuera Director de la Escuela Superior de Guerra, una invitación a almorzar con dos de sus amigos del Biffi. Armando Dada Chamié y mi compañero el Mayor General Eddie Payares Cote. Allí creo que se cumplió otro deseo del Hermano Genaro, se había iniciado mi vinculación como miembro de la Asociación de ex alumnos del Colegio Biffi.  De ahí pa´ alante fui invitado a las reuniones esporádicas que se hacían, creo haber faltado a unas muy pocas, muy pocas, por tres razones, la primera es el gran calor y calidad de sus integrantes, segunda razón, la recuperación de esa camaradería y espíritu barranquillero y tercera y última razón mi estimado Eduardo Rincón es que la doble adopción que me hicieran Barranquilla y Asobiffi, llenan mi alma y mi espíritu de un agradable calor y orgullo que nadie jamás me quitará.
 

La larga vara con la cual no pudo golpearme Genaro, cuando tocaba a su puerta, finalmente me había alcanzado.      



[1]La verdad que su doble presentación en el almuerzo de compañeros biffeños del lunes 14 de mayo en el Club de la FAC, nos encantó a muchos, a todos; por ello quisiera, si lo tiene a bien y dispone de unos minutos, me explicara un poco más esa "vivencia" que manifestó cuando nos anotaba que a pesar de haber estudiado en todos los colegios de Barranquilla, menos en el Biffi, así se desprende de su intervención, posee el "espíritu biffeño"  más acendrado, profundo y sincero que cualquiera  que se precie haberse sentado en los bancos de aquella Institución; igualmente quisiera me ampliara un poco más esa condecoración o reconocimiento que las directivas del Biffi le concedieron y el por qué cuando fue Comandante por aquellas tierras. Todo lo respetuosamente solicitado es para reforzar algo que estoy escribiendo sobre aquello que se ha denominado "espíritu biffeño". Como contraprestación a esta insólita demanda le adjunto un archivo (ECOS-1.doc) donde intento tocar el tema a que me refiero y otro archivo (Foto IMG_8522.doc) conteniendo una de las fotos identificando a los asistentes, que a solicitud de EL HERALDO, les hemos mandado sobre la reunión. Atentamente, Ing. Eduardo J. Rincón Vanegas
[2] Nicolás R. Contreras Hernández. Champeta/ Terapia: un pretexto para revisitar las ciudadanías culturales en el gran caribe
 
 

 

LA VERDAD DE MI BIFFI [1]
Mayor General Juan Salcedo Lora - Bogotá, Mayo de 2007  
  


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