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Roberto Zabaraín M.
Se sostiene que la tercera edad comienza cuando se cumplen sesenta años. Incluso hay normas que determinan que aquél mayor de sesenta tiene derecho a prioridad en las filas, y a descuentos en buses, cines y espectáculos públicos. Pero cuando se está en los sesenta, se tiende a contradecir al espejo y se autoconvence uno que la tercera edad comienza a los sesenta y cinco, y así sucesivamente, subiendo hasta el final. Es que la mente tiene una edad, y el cuerpo, otra.
Jorge Zaher en la reunión aseguraba que el hombre de treinta escoge restaurantes buscando mucha concurrencia de gente y de mujeres bellas, el de cuarenta buscando comida exquisita, el de cincuenta buscando tranquilidad y asistencia selecta, y el de sesenta los escoge que no tengan escaleras, porque una caída a dicha edad puede resultar gravísima. Roberto Sabat, por su parte, sostuvo que a los sesenta se sale poco, pero como los amigos y los hermanos y primos de los amigos se están muriendo, se asiste puntual a los sepelios para encontrarse con la gente y charlar, pues los funerales se han convertido en una especie de cocteles en los que mientras se oficia la misa los asistentes se reúnen en corrillos a recordar. Jaime Blanco, quien desde pequeño pintó para cantante, recordó una antigua canción que asevera que veinte años son nada, ante lo cual los jóvenes sonríen. Claro, veinte años les parecen un montón. Pero nosotros, dijo Jaime, sabemos que la afirmación es cierta, pues cuando de sepelio en sepelio con antiguos amigos recordamos anécdotas del “otro día”, sacamos cuentas y, la vaina ocurrió hace más de treinta años!
Raúl Armendáriz, quien recogido en sus cuarteles de invierno se dedica a pintar, recordó los debates que promovía el profesor Esteban Páez Polo para que Antonio Nieto Güette y Armando Blanco Dugand se trenzaran en largas peroratas premonitoras de lo que serían en el futuro. “Vainas de viejo”, se burló Julio Jiménez de los afanes de Andrés Buendía para que todo saliera bien, mientras Luis Pupo, Eduardo Moreno, Julio Zúñiga, Arturo Jiménez y Tato Rebolledo loaban la exquisita arquitectura del viejo colegio, y Enrique Torres indicaba a Rolando Ariza, quien vive en Cartagena, que lo del minimalismo no se debe a la ‘esmondadera’, sino a una tendencia, a la que los barranquilleros somos tan dados, que la moda para nosotros es obligatoria, así lo que imponga sea horrible. José Guinovart reclamaba al Prefecto Hermano Julián porque a él le quitaba de a cinco bonos, mientras a los demás díscolos sólo le arrancaban uno. Es que Pepe, quien lo ve hoy tan juicioso, era el rey de la indisciplina. El Hermano Julián, llegando al ‘octavo piso’, tuvo la gentileza de venir desde Costa Rica a acompañarnos y ayudarnos a recordar. Luis de las Salas a gritos sostenía que Santos se equivocó porque no nombró a Alberto Merlano canciller, o alto consejero para la Confraternidad, dado que es un genio en diplomacia. Genaro Peña, muy serio él, explicaba a Camilo Arana los rollos de Cormagdalena y los interminables dragados de Bocas de Ceniza.
Era la reunión conmemorativa de la Promoción Colegio Biffi 1960. Cincuenta años después, cuando la fila está atrás más larga que adelante, celebramos la fiesta de la añoranza, reencuentro con los años mozos, alegría y anécdotas. Asistimos la mayoría.
Hizo falta Álvaro Tous. Hicieron falta Ricolín, el Corte Vergara, Ciro Porto, Manuel Mancini, Samuel Yohai y, en fin, todos los que nos antecedieron en el tránsito hacia el sueño eterno.
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