| Anecdotario del Palacio de la Aduana |
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Por: Rodolfo Zambrano Moreno
Corría el año de l921 cuando el presidente de la República, don Marco Fidel Suárez, a bordo de un vapor de río, arribó al muelle de La Intendencia Fluvial de Barranquilla, con una lujosa comitiva.
Don Esteban Jaramillo, tesorero General de la Nación –el mago de las finanzas de la época– y el ministro de Hacienda, don Pomponio de Guzmán, entre otros, le acompañaban.
El objetivo era nada menos que inaugurar la más espléndida obra pública de la administración Suárez: el Palacio de la Administración de la Aduana de Barranquilla.
El proyecto fue acariciado por administradores anteriores como don Urbano de Pumarejo y Manuel Abello Palacio, pero lo realizó, en el gobierno de Suárez, el periodista y poeta soledeño don Miguel Moreno Alba.
Este precioso inmueble, que después fue abandonado, se restauró durante la gobernación de Gustavo Bell Lemus, con el apoyo definitivo de la Nación y de la Cámara de Comercio cuando la presidían Rafael Barvo B. y Enrique Berrío M.
El proyecto estuvo a cargo de la arquitecta Katya González Ripoll, y fue ejecutado por los hermanos Domingo y Francisco Tepedino Bassi. Recuerdo muy bien cuando, al terminar un almuerzo en honor al presidente César Gaviria en el Country Club, Barvo, Berrío y Pablo Gabriel Obregón me pidieron que los acompañara a la Aduana, junto con el presidente para mostrarle el estado de abandono del inmueble y contarle algunas historias sobre ese edificio nacional, con el propósito de conseguir su apoyo para recuperarlo. El presidente Gaviria apreció enseguida la joya abandonada y se comprometió sin dilaciones a ayudar financieramente al rescate.
–Y usted, ¿por qué sabe tantas anécdotas del edificio? –me preguntó el Dr. Gaviria.
–Pues, Presidente, dije, porque a mi abuelo, a quien le correspondió la gestión y el desarrollo de la construcción, le tocó pagar personalmente como la mitad del mismo. El presidente puso cara de sorprendido, pero como estaba de carreras hacia algún otro compromiso, se quedó sin saber.
La realidad es que el precio del café estuvo en alza durante el gobierno anterior, el de José Vicente Concha, la indemnización de los US$ 25.000.000 por la segregación de Panamá había llegado al país y la bonanza económica desató una fiebre importadora. La carga llegaba por Puerto Colombia y se acumulaba en los patios de La Aduana, donde la dejaba el ferrocarril.
Los dueños de la carga o sus agentes venían de Bogotá, de Medellín o de los Santanderes para embarcarla río arriba, dependiendo de la disponibilidad del transporte fluvial. El saqueo antes del aforo era notorio; ‘respetables’ comerciantes compraban a descuento y sin preguntar el origen, haciendo pingües ganancias.
Así las cosas, el diseño del edificio se quedaba corto para las necesidades, y La Aduana tenía unos recaudos enormes por el auge de las importaciones y la concentración de las mercancías en Barranquilla, que su vez aprovechaba la necesaria vía fluvial.
Pues, don Miguel Moreno, el administrador, decidió solucionar el problema: como el lote lo permitía, amplió la construcción de manera inconsulta, desde la columnata de la puerta principal sobre la carrera 50, hasta la estación del tranvía.
El diseño original comprendía desde el edificio alto principal hasta la torrecilla del Merciólogo –la que ocupó por muchísimo tiempo don Enrique Gerlein Comelín desde que llegó de Alemania a trabajar allí–; torrecilla que da frente al Callejón del Toronjil, más lo que ocupan la Cámara de Comercio y el Archivo Histórico del Atlántico.
Allí todavía se conserva la puerta de bóveda bancaria de La Aduana. Plata era lo que había, y de allí salió para crecer el edificio según las necesidades del momento, pero sin las formalidades legales de la contratación pública.
Si hoy, cuando la capital del Atlántico ha crecido y tiene 1.250.000 habitantes, La Aduana es todavía un inmueble de tamaño considerable, ¿cómo lo sería en la segunda década del siglo pasado, cuando solo contaba con 70.000 almas residentes?
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La llegada del presidente Suárez en aquella ocasión, quien además hizo escala en varios de los puertos del Magdalena, tanto en el trayecto de bajada como en el de subida para acercarse al pueblo –pues él también era un sencillo hijo del pueblo–, fue precedida de una intensa agitación local. Había que alojar al Presidente.
El jefe conservador de la época, el general Eparquio González, el gobernador que hasta el momento ha regido por más tiempo los destinos del Atlántico, lucía como el más indicado anfitrión, pero su señora, Doña Lucila Porratti, se encontraba delicada de salud.
Entonces, ni modo, le correspondió al poeta don Miguel Moreno Alba, amigo personal de Suárez –ambos eran gramáticos (‘¡El poder de los gramáticos!’, como escribiera algún autor inglés que se ocupa de su obra sobre la política colombiana), hacer la invitación.
Además, Moreno Alba, copropietario del diario La Nación ,con Pedro Pastor Consuegra, lo había apoyado periodísticamente para su campaña, así que ofreció su amplia residencia de la calle de Murillo, esquina del callejón del Cuartel, en la que luego viviría la familia de don Alfredo De la Espriella Zabaraín, el cronista de la ciudad.
Pero Moreno Alba tenía también otras razones para alojarlo. Él era el administrador de La Aduana en ese momento, y su obra, con el apoyo del presidente Suárez, era la que se iba a inaugurar. Don Miguel, un sibarita, y su señora, doña Florencia Del Río Carmona, se prepararon.
Fungir en ese momento como el anfitrión del Presidente y parte de su comitiva, era un honor –costoso–, pero un honor que don Miguel decidió asumir, y para hacer las atenciones de rigor, tuvo que vender una propiedad suya, el lote en donde hoy se encuentra localizada la Catedral de Barranquilla y donde antes estuvo un tanque del acueducto de las EPM.
Obtenidos los recursos, doña Florencia del Río viajó a Panamá –que era como ir a Miami hoy–, para traer de todo: vajillas, cristalería, mantelería, ropa de cama, etc., para recibir con altura al Primer Mandatario y a su gente. Hasta el cocinero, un cheff oriental de un club panameño, el señor Fu Ye Da, se trajeron para la farnofélica semana de banquetes al mediodía, que duró la ‘sede alterna’ de la Presidencia en su casa. Por la noche, en el club ABC, don Franco Carbonell González y don Carlos Sojo, con numerosos invitados, recibían y agasajaban a los visitantes capitalinos.
A Monseñor Carlos Valiente Tinoco, el famoso clérigo, quien más tarde desdeñó el episcopado, le correspondió, a la caída del sol, la bendición del imponente edificio, que en el dintel de su puerta principal sobre la carrera 50 ostenta un rugiente león que la defiende.
Cuentan que en el banquete que siguió a la inauguración, Fu Ye Da, atento al servicio de la mesa principal, escuchó cuando don Esteban Jaramillo –todo un personaje– preguntó:
–Don Miguel, en los edificios de la China acostumbran poner a la entrada unos dragones intimidantes, o leones, para ahuyentar los malos espíritus, el arquitecto Arbouin, que lo diseñó así, ¿tenía esa misma intención?
–Nooo… –dizque contestó el entrometido cheff Fu Ye Da–, don Miguel lo puso para espantar a los contrabandistas. La carcajada general permitió que el cuento durara tantísimos años.
Pasado un tiempo, cuando la Contraloría General de la República revisó las inversiones de la enorme obra, obviamente se enteró de que lo invertido desbordaba los presupuestos aprobados. El poeta Moreno Alba fue requerido y las ingenuas y reales explicaciones fueron simples: Sí, se invirtió más, pero también se construyó más; ahí están los nuevos almacenes para guardar la carga que antes se robaban y que a La Aduana le tocaba pagar por haberse perdido en sus instalaciones; eso ahora ya no pasa.
El presidente Suárez afrontaba duros ataques en el Congreso, el senador Laureano Gómez, líder de la oposición que intentaba desestabilizar al Gobierno, aliado del candidato payanés, el derrotado Guillermo Valencia, paisano de su mujer doña María Hurtado Cajiao, lo atormentaba con sus debates, y tildaba a Moreno Alba como “el mayor deudor de la Nación”.
El poeta no quiso que la situación bajo ataque de su administración en La Aduana de Barranquilla perturbara a su amigo el presidente Marco Fidel Suárez y prefirió asumir personalmente las mayores inversiones en la obra. Entonces él y su señora, Florencia Del Río, entregaron todos sus bienes para compensar los excesos no autorizados en la ampliación de lo inicialmente contratado.
Fragmentos del séptimo capítulo del libro ‘La Aduana 15 años: un monumento, un proyecto cultural’.
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